La tragedia y el triunfo tardío de Ignaz Semmelweis

 El salvador de las madres


Imaginemos Viena en el año 1846. El Hospital General es uno de los centros médicos más grandes del mundo. Pero en su interior ocurre algo aterrador y desconcertante. Las mujeres embarazadas entran ilusionadas a dar a luz, pero una de cada tres no sale viva. Mueren devoradas por una plaga invisible llamada fiebre puerperal."El hospital está dividido en dos clínicas de Maternidad:

  • La Clínica Primera, atendida por médicos y estudiantes de medicina.
  • La Clínica Segunda, atendida exclusivamente por comadronas (parteras). 

La mortalidad en la Clínica Primera era escandalosamente alta (a veces superior al 15%-30%), mientras que en la Clínica Segunda apenas rondaba el 2-3%. Las mujeres que daban a luz en la calle tenían más probabilidades de sobrevivir que las que ingresaban al hospital. Las parturientas suplicaban de rodillas que no las llevaran a la Primera Clínica.

Semmelweis, un joven médico húngaro de origen alemán que trabajaba como asistente en la Primera Clínica, estaba obsesionado con encontrar la causa. No aceptaba que fuera un "castigo divino" o una fatalidad inevitable.El punto de inflexión ocurrió en 1847 con la trágica muerte de su amigo y colega, el patólogo Jakob Kolletschka. Kolletschka se había pinchado accidentalmente un dedo con un bisturí mientras realizaba la autopsia a un cadáver. Los síntomas con los que murió fueron idénticos a los de las mujeres con fiebre puerperal.Semmelweis hizo la conexión mental que cambiaría el mundo: los médicos llevan "partícula cadavéricas" en sus manos.
Los estudiantes de medicina pasaban directamente de la sala de autopsias (donde diseccionaban cadáveres en estado de descomposición) a la sala de partos, sin lavarse las manos, a veces simplemente limpiándose los dedos con un pañuelo lleno de pus y sangre.

Semmelweis impuso una regla obligatoria y radical para todo el personal: lavarse las manos con una solución de hipoclorito de calcio antes de examinar a cualquier parturienta. El resultado fue milagroso: la mortalidad se desplomó de inmediato del 18% al 1.2%, llegando a cero en algunos meses.¿Cuál fue la reacción de la comunidad médica de la época? ¿Un aplauso unánime? Todo lo contrario.
Fue una reacción de soberbia y desprecio institucional. Los médicos de la Viena del siglo XIX se consideraban caballeros de la alta sociedad; se ofendieron profundamente ante la sugerencia de que las manos de un caballero médico estaban "sucias" o transmitían la muerte. Argumentaban: "Un médico es un caballero, y las manos de un caballero están limpias".
Además, la medicina aún no conocía las bacterias (la teoría microbiana no estaba desarrollada), por lo que las ideas de Semmelweis carecían de un sustento biológico que ellos pudieran ver. Fue marginado, despedido de su puesto en Viena, ridiculizado por los catedráticos y silenciado.
La frustración y la impotencia volvieron a Semmelweis un hombre amargado, obsesivo y solitario. Escribió cartas desesperadas y furiosas a los obstetras de Europa llamándolos "asesinos" por negarse a lavar sus manos.En 1865, su salud mental y física se deterioró gravemente (posiblemente sufría de Alzheimer temprano, demencia o las secuelas de una paliza). Fue engañado por sus colegas bajo pretexto de visitar un nuevo instituto, y fue internado por la fuerza en un manicomio en Viena (Döbling).La ironía y la crueldad máxima: a los pocos días de su ingreso, intentó escapar, fue golpeado brutalmente por los guardias del manicomio y sufrió una herida gangrenosa en la mano derecha. Murió a los 47 años, exactamente de la misma infección generalizada (gangrena/sepsis) contra la que había luchado toda su vida, y en la misma ciudad donde salvó a tantas madres.

La frustración y la impotencia volvieron a Semmelweis un hombre amargado, obsesivo y solitario. Escribió cartas desesperadas y furiosas a los obstetras de Europa llamándolos "asesinos" por negarse a lavar sus manos.En 1865, su salud mental y física se deterioró gravemente (posiblemente sufría de Alzheimer temprano, demencia o las secuelas de una paliza). Fue engañado por sus colegas bajo pretexto de visitar un nuevo instituto, y fue internado por la fuerza en un manicomio en Viena (Döbling).La ironía y la crueldad máxima: a los pocos días de su ingreso, intentó escapar, fue golpeado brutalmente por los guardias del manicomio y sufrió una herida gangrenosa en la mano derecha. Murió a los 47 años, exactamente de la misma infección generalizada (gangrena/sepsis) contra la que había luchado toda su vida, y en la misma ciudad donde salvó a tantas madres.

Parecía que las ideas de Semmelweis habían muerto con él. Pero la verdad científica tiene la propiedad indestructible de volver a flote.Pocos años después de su muerte, el químico francés Louis Pasteur desarrolló la teoría microbiana de las enfermedades demostrando científicamente la existencia de gérmenes y bacterias invisibles. Poco después, Robert Koch perfeccionó los métodos de bacteriología.El mundo médico por fin comprendió que Semmelweis había tenido razón todo el tiempo, solo que se adelantó dos décadas a la tecnología de su época. La comunidad médica internacional sintió una culpa tardía.Hoy en día, frente al histórico Hospital General de Viena, se alza el monumento a Ignaz Semmelweis. Un tributo de piedra y bronce esculpido en un reconocimiento tan triste como justo: erigido para honrar al hombre que dio su vida e integridad mental intentando enseñar a la humanidad algo tan sencillo como lavarse las manos.

"Cada vez que nos lavamos las manos en un entorno clínico o cotidiano, estamos honrando el legado de un hombre solitario que fue llamado loco por decir la verdad".




https://youtu.be/LbUAlKf8PyM?si=zIJJ4opV9UBr2eWl

Documental muy completo contempla la sociedad de la época y los intereses en juego.


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